Se cuentan distintas anécdotas de la Rebetzin Jaia Mushka, como su costumbre de escuchar el farbrengen del Rebe por una línea telefónica sin irse a dormir hasta que él regresaba, y cómo en un viaje pidió desviarse del camino habitual para auxiliar a una mujer que lloraba desesperada en la calle con sus valijas.